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"Reconstruí mi vida por medio de asistir a la Universidad, en ocasiones sintiéndome que era el estudiante universitario más viejo del mundo."
La Historia de Frank
Recuerdo mayo 5 de 1954 como si fuera ayer. Ése fue el día de mi bautismo. También esa fue la primera asamblea de circuito celebrada en la ciudad donde nací, Newport, Rhode Island. Aunque se conoce a este estado como el “estado del océano”, el océano era demasiado frío para ser utilizado para celebrar bautismos, así que la Iglesia Bautista local ofreció que usáramos su piscina bautismal. Fue así como yo, un antiguo Católico Romano, se bautizó como Testigo de Jehová en la Iglesia Bautista.
Esta circunstancia ecléctica se reflejaría más tarde en mi vida, pero en aquellos días yo era un joven de diecisiete años muy feliz y excitado por haber encontrado “la verdad”.
Yo siempre he sabido que soy homosexual, pero creía firmemente que Jehová me curaría. Creía tan fuertemente en eso que creía que el mero acto de sumergirme en el agua cambiaría mi vida para siempre.
Por supuesto, eso nunca cambió, pero eso no hizo que yo titubeara. Yo había encontrado la verdad. Cada palabra que yo leía en las publicaciones de la Watchtower parecía verdadera, fácil de probar y, como una vez un reportero noticioso declaró, “invulnerable”.
Mis actividades homosexuales eran bien escondidas, closeteras y, en aquellos días, limitadas a una vida rica en fantasías, pues tenía mucho temor a ser descubierto.
Debido a mi lealtad a los Testigos de Jehová, probablemente me convertí en el Ciervo Asistente de la congregación más joven que había sido nombrado en aquel entonces, teniendo tan solo dieciocho años.
En los años que siguieron, mantuve muchas posiciones de “Ciervo” en las congregaciones de Glendale, California, Woodside, New Hampshire y Stuart, Florida, donde me convertí en Ciervo de la congregación a la edad de veintitrés.
Todavía creyendo que era posible “curar” mi homosexualidad, estudié diligentemente, oré constantemente y me hice precursor. Yo simplemente sabía que si trabajaba fuerte, Jehová me curaría.
Sufrí de muchísima culpabilidad y estrés. Nada de lo que intentaba parecía funcionar. Me casé a los diecinueve años creyendo que eso ayudaría. No ayudó, de hecho, eso añadió una carga adicional de tener que ser un buen esposo y padre mientras mantenía mi homosexualidad en secreto.
El estar envuelto tan profundamente con los Testigos de Jehová me mantuvo tan dentro del closet que ni siquiera me había dado cuenta de la gran subcultura gay que se había formado luego de los disturbios de Stonewall en los [años] sesenta. Desconocía todo lo relacionado con bares, iglesias o comunidad gay.
Siempre pienso que hoy día todavía fuera Testigo de Jehová si no hubiera sido sacado del closet por otro Testigo de Jehová que frecuentaba el mismo parque público que yo para envolverse en actividades sexuales. Debido a que yo era un orador público muy conocido a través de todo el circuito, habían muchas personas que me conocían sin yo conocerlas. Él era una de esas personas. [Él] con miedo a que yo de hecho lo conociera, decidió ser el primero en confesar sus pecados, y ya que se encontraba confesando, también confesó los míos.
Yo ya tenía 42 años de edad y para aquel entonces había sido Testigo de Jehová por 30 años y casado por 27 años. Mi vida, tal cual la conocía, llegó a su fin. Vino un divorcio acompañado por la ruptura de mi relación con mi familia, mis amigos y todas mis conexiones con la Watchtower. En adición a eso, la parte que más me atemorizaba era que [en mi vida] no existía ningún amigo gay que me acogiera. No había ningún sistema de apoyo en ningún lugar. Solamente yo… en “el mundo”… solo.
Reconstruí mi vida por medio de asistir a la Universidad, en ocasiones sintiéndome que era el estudiante universitario más viejo del mundo. En unos cuantos años completé un grado de Bachiller y de Maestría, y conocí a unas cuantas personas gay muy interesantes (las clases de sicología casi siempre están llenas de personas gay). Asistí a sesiones de sicoterapia, de una manera tímida entré a un bar gay por primera vez, exploré las iglesias que le dan la bienvenida a las personas gay, y asistí a grupos de apoyo para gais y lesbianas. No fue fácil, pero lentamente comencé a sentirme libre y seguro de mí mismo. A medida que fui moviéndome en dirección hacia ser genuino y aceptarme a mí mismo, encontré que la vida es mucho más satisfaciente.
Me tomó muchísimo tiempo el siquiera comenzar a repensar mi espiritualidad. Eventualmente me establecí en una [creencia basada en una] síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía conocida como Ciencia Religiosa, la cual fue fundada por Ernest Holmes. Lo que me atrajo [de esa creencia] fue que [esta] engrana la creencia de que cada persona puede tener su propia experiencia espiritual directa. También disfruto el hecho de que muchos gais y lesbianas forman parte de este movimiento incluyente.
Hoy tengo 66 años de edad, estoy retirado en un pueblo muy placentero en el sur de California, cerca de Palm Springs, y amando y viviendo mi vida en su totalidad de la manera en que yo la conozco. Nunca miré hacia atrás ni sentí pesar por dejar ir de mi vida a los Testigos de Jehová. Lo que ellos ven de una manera prejuiciada como expulsión, apóstata y odiable, yo veo como genuino, compasivo, y abierto de mente. Por supuesto, ellos no tienen interés alguno en mi punto de vista, pero yo ya no tengo ni diecisiete años ni interés alguno en el suyo.
Siempre le doy la bienvenida a mensajes de cualquier Testigo de Jehová, homosexual o heterosexual, activo o inactivo. Una vida de autodescubrimiento y legitimidad le espera.
